Día 18


Silencio. Lluvia.

Cierta nostalgia me embarga, pero este sol que ilumina Mi Mundo es vibrante.

Estoy en el comedor viendo los tejados de las casas y el cielo; me sienta bien observar con ojos de niña. Quizás cuando gateaba veía este mundo así, curiosa y sorprendida porque es nuevo.

Ahora gateo por dentro, palmo a palmo, siento las baldosas desiguales, el tacto de la pared que contiene esas conversaciones íntimas, esas risas, esa vida transeúnte. El descosido del sofá, la pantalla de la lámpara está ladeada, los libros de las estanterías me miran esperando ser leídos y releídos. Un par de clavos donde colgamos los adornos de navidad. La barra de la cortina da la sensación de caerse, es mi propia torre de Pisa. Mis ojos descubren.




He molido café, el sonido de expande bruscamente y a pesar del estruendo, mi hijo sigue dormido.

Me hago un café, la taza tiene dibujos de flores y leo “nunca dejes de soñar” Sorbo lentamente y siento que trozos de mi misma se diluyen en la garganta. El afuera habrá cambiado tanto que me digo "fuera estaré bien".

En Mi Mundo lo que me rodea no es perfecto, por suerte esta imperfección lleva el resuello del latido de la vida.

Sofrío media col y la acompaño de un par de trozos de pollo a la plancha, mi hijo se ha despertado tarde. Los horarios no existen, el día respira, el tiempo respira.

También cocino pulpo que guardaré en el congelador.

Con la lluvia ni me planteo hacer una lavadora.

Recibo una llamada que me da impulso y alegría. Una parte de mí está tranquila, sé que ella no está sola que está acompañada, otra parte de mi siente su voz quebrada por la ausencia, pero sé que hay pedazos de uno mismo que se van con los seres queridos. Solo puedo estar y sentirla desde mi alma.

Tarde de palomitas y de ver películas con mi hijo, él me coge de la mano y siento en su piel que no estamos perdidos, estamos juntos y eso lo puede todo. Lo miro, me emociono. Su herida sigue abierta, pero sé que lo logrará.

Vivir dentro te hace consciente de esas heridas a las que nunca has mirado a la cara, ahora emergen en forma de miedos y ausencias. Toco mis manos, que tanto han dado y recibido, soy consciente que en ellas no existe ausencia posible. En esta piel se contiene todo y esto me maravilla. Las emociones están más vivas que nunca.



Me he visto con Trini, desde esa pantallita tan maravillosa. La veo bien, lleva las gafas puestas, de fondo, oigo a lo niños y me emociona escuchar tanta vida, Soraya me saluda y charlamos las tres de la cuarentena y de nuestras cosas.

Entre fogones se ha escurrido el tiempo y no he podido hablar con mis padres ni mi hija, mañana lo haré.

La última película que vemos es el Recuerdo de Marnie, se nos hace un hueco en el corazón, la primera vez que la vimos lo hicimos juntos mi hija, mi hijo y yo.  Ahora la ausencia contiene un silencio que no puede esconderse. Mi hijo y yo nos miramos, nos brillan los ojos, nos cogemos y agarrados de las manos compartimos lo mucho que la echamos de menos. 




Es cierto que a veces me siento perdida y confusa, respiro, lloro y desde mi corazón brota un sentimiento de confianza extraño pero cálido “todo saldrá bien” me digo.

Las sansevierias crecen, el photos está más frondoso y el ficus quiere expresar algo que no entiendo.

Las calles están asfaltadas de calma y melancolía.

Los gatos duermen sin ganas de despertarse, juegan de madrugada.

Décimo octavo día superado.



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